Saturday, October 31, 2009

No 1983

11787-31-10-09
En El Alto es más fuerte que el Halloween de EEUU

Todos Santos: El jach’a uru
para los difuntos y vivos


Hoy a mediodía llegarán los ajayus (almas) desde los nevados altos donde conviven con los achachilas. Familias enteras de campesinos pobres migran en Todos Santos a las ciudades para ganarse raciones de panes y comida a cambio de oraciones.

El Alto, Oct. 31 (APA).- Ya son cerca de las once de la mañana el 1º de noviembre, en un pequeño cuarto donde un pedazo de luz rompe la oscuridad, unos dedos agrietados y rudos extiende una manta negra por encima de una mesa, cuyas patas apenas se sostienen.

Las manos cobrizas y rústicas brotan de dos mangas de lana desgastada y remendada. Se mueven con agilidad y rapidez para colocar encima de la vetusta mesa un pequeño banco de madera para luego taparlo con una pedazo de tela blanca percudida.

De un pequeño rincón de la pequeña habitación oscura, herida por un rayo de sol que se filtra por el agujero de la calamina, un hombre jala dos sakañas (bolsas) de polietileno negro, de cuyo interior extrae pequeños panes redondos, estrellados, entrelazados, con formas humanas y de animales, de escaleras y coronas. Poco a poco el hombre, cuyas canas y arrugas sobresaltan al pequeño rayo de sol, acomoda el pan por toda la mesa rústica.

Luego, en pequeñas latas que contienen agua, los dedos ágiles y agrietados colocan ramas cortadas de retama con flores amarillas e ilusiones. Los dos floreros caseros son colocados en dos esquinas de la mesa, cerca de dos velas que mantienen el equilibrio en dos latas de cremas de lustrar.

Amarradas en las cansadas patas de la mesa, las hojas largas de dos cañas de azúcar forman una especie de arco. En la base de la mesa también hay amarrados las cebollas con tok’oro (tallo hueco) cuyas flores adornan también el altar improvisado en la precaria vivienda.

LA NAJTA
De una pequeña caja de zapato Manaco, la mano cobriza extrae un crucifijo de metal oxidado. Lo acomoda en la parte más alta del improvisado altar de panes, frutas y flores.

Junto a las velas pequeñas de juegan con la ley de gravedad, se acomodaron dos llamas diminutas de quispiña (galletas de quinua), en cutas espaldas cargan ramitas de retama.

Más allá de las manos rústicas, los ojos tristes de Nicasio Quispe se pierden en el crucifijo y en una t’ant’awawa (pan con figura humana).

De un pequeño cuaderno de hojas amarillentas y retorcidas por el paso del tiempo saca la foto de una reluciente tawak’o (mujer joven de pollera, cuya belleza resalta más con una sonrisa y las espesas trenzas negras. En los ojos resaltan chispitas de alegría. Las mejillas donde las arrugas ya se han posesionado, se humedecen por gruesas lágrimas. Los ojos de Nicasio se extravían en la foto, mientras un suspiro hondo recuerda el día ñeque nació su primer hijo y el día en que llegaron a El Alto, en un camión repleto de esperanzas y cuatro hijos.

¡Ya está, ya está cocida la comida!, anuncia la voz de una niña de 12 años, cuyo grito saca a Nicasio de su pensamiento hundido en sus recuerdos. Por instinto enciende las dos velas que chisporrotean al formar una flama amarillenta.

El 1º de noviembre a mediodía, según las tradiciones y costumbres de los pueblos originarios que sobrevivieron en el altiplano boliviano que se fueron entremezclando con las de los españoles, llegan los ajayus (almas) a todas las viviendas donde habitaron en vida para compartir con los vivos, a partir de la najta (prendido de las velas) se inicia el jach’a uru ( gran día).

La llegada de los ajayus se advierte en las pequeñas tutukas (remolinos) que se suelen en noviembre, según las awichas y achachilas (abuelas y abuelos) que transmiten las costumbres de generación en generación.

RESIRIS Y EL AJI DE ARVEJA
Nicasio llama el pequeño Ascencio para que vaya en busca de los resiris (rezadores aymaras), quienes llegan de las comunidades empujados por la pobreza. Sus oraciones dan la bienvenida al ajayu de la difunta Nicolasa Chura, quien en vida fue esposa de Nicasio.

Al poco rato el pequeño vuelve acompañado de cuatro campesinos, quienes llegan a El Alto y los barrios periféricos de La Paz para llevarse algunos alimentos para sus familias y animales, a cambio de unas oraciones a favor de los difuntos. Tras las oraciones, los resiris son compensados con raciones de panes, comida, frutas y en algunas ocasiones hasta con bebidas alcohólicas, según los gustos de los ajayus. Sin embargo, la comida de la época y que no falta en ningún altar, es el alverj waykani (ají de arvejas).

Desesperado por el hecho de que su esposo no pudo hallar un empleo, ella en vida sin medir riesgos decidió ganarse algunos bolivianos sacando arena y piedras de las aguas turbias del río Seco. Al esposo viudo le dijeron que los yankhas (malignos) que viven los ríos se lo llevaron, pero más tarde se supo de se lo llevo la tuberculosis.

NOCHE DE MÚSICOS AYMARAS
Mientras tanto, al amparo de la noche, la música brotadas de los pinquillos, pífanos y moseños, se entremezclan con ladrido de los perros. Esa noche, Nicasio soño que Nicolasa llegaba de un largo y penoso viaje, maltrecha y cansada. Le calmo la se haciéndola beber agua de los gruesos tallos de la cebollas con flor y comió ávidamente una a una las arvejas de la comida.

A mediodía del siguiente día, por el cansancio fue atrapado por el sueño, donde vio a su esposa despedirse cargando en su aguayo multicolor los alimentos y los panes, además de las cebollas con tallos huecos. También diviso que las dos llamitas de quispiña, se convirtieron en robustos camélidos que esperaban a Nicolasa para partir. Ella apoyada en una caña de azúcar retornaba con paso penoso hacia los nevados blancos, donde los ajayus vivían junto a los achachilas (protegedores). Nicasio en su sueño, inútilmente estiraba su mano implorando que ella se quede, pero se alejaba sin detenerse con las llamas cargadas de alimentos. Mientras Nicasio gritaba, la música de los juglares aymaras aumentaba, hasta que los despertaron. ¿Te lo rezamos tata?, preguntaron los músicos y el les dijo que si.

EL DESPACHO
Tras amanecer tomando alcohol y mascando coca en compañía de los juglares aymaras y despertar de su sueño, tras largas oraciones, Nicasio hizo recoger el altar con el resiri más anciano. Después de acomodar los panes, las frutas y la comida en grandes k’epis (bultos), acompañado de sus hijos se dirigió al cementerio de Villa Ingenio, situado en una de las partes altas de El Alto, donde se puede observar una duelo sostenido entre los nevados del Illimani y Huayna Potosí, por replandecer más bajo el cielo aymara.

Embarcados en los conocidos t’ojos (destartalados buses y minibuses) llegaron al camposanto, acompañados de una densa nube de tierra. El lugar estaba convertido en un gigantesco hormiguero humano. Allí miles de familias arman con las cañas de azúcar un especie de arcos para colgar frutas, t’ant’awawa y golosinas.

Todo el camposanto se inunda de las música de pinquillos, pífanos y moseños.

Esas escenas se repiten todos los años en la ciudad de El Alto, en los cementerios Tarapacá (Villa Santiago I), Mercedario y Villa Ingenio.

FUERZA ANDINA SOBRE
LA OCCIDENTAL

Las familias más humildes extreman sus esfuerzos para cumplir con sus difuntos, ya que la tradición y costumbre de los pueblos originarios perviven en los alteños. Las costumbres y ritos andinos que en el siglo XXI tienen bastante difusión, en los hechos hace tabla raza con el Halloween el cual sólo existe en los programas de televisión y radio, en los físico en algunos escasos puestos de venta de zonas como Ciudad Satélite, Río Seco y Villa Adela.

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LAS REPRESENTACIONES
A) LOS PANES
La t’ant’awawa, representa a los ajayus cuyo cuerpo murió cuando fue niño.
El t’ant’achachi, representa a los ajayus mayores
La t’ant’awila, representa a los ayajus adultos mujeres
La corona, representa a una especie de flores
La escalera, sirve para que el ajayu baje de cielo (alaj pacha) hacia el altar
Los caballos y llamas, se supone que se transforman en animales de carga verdaderas que le ayudan al ajayu a cargas lo que se lleva del mundo material.

B) OTROS ELEMENTOS
La llamitas de quispiña, sirven para que ayuden a los ajayus a llevar su carga que se acumula con las oraciones.
La cebollas con tallos, sirve para que cuando retorne a los nevados el ajayu, lleve en los tallos agua para calmar su sed.
La caña de azúcar, le sirve para apoyarse y mitigar su cansancio en el camino de retorno del ajayu.


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11788-31-10-09
La escasez de gas no impidió que funcionen los hornos

Alteños se abocaron a preparar
el recibimiento de los ajayus


Algunos hornos recurrieron a leña para calentarlo ante la escasez de GLP por la alta . La Ceja convertida en extenso mercado de mercadería para preparar comida y pan de Todo Santos. Las cañas de azúcar convirtieron a las inmediaciones de la plaza Juana Azurduy de Padilla en una especie de bosquecillo.

El Alto, Oct. 31 (APA).- Pese a la escasez de Gas Licuado de Petróleo (GLP) los alrededor de mil hornos que abrieron sus puertas a los alteños para que elaboren el tradicional pan de Todo Santos, se dieron formas para abastecerse de combustible. Miles de familias elaboraron las tradicionales t’ant’awawas, las cuales se constituyen en base de los altares que se arman a partir de hoy al interior de las viviendas para recibir a los ajayus (espíritus) de los difuntos.

Ayer una gran parte de los alteños se volcaron a los mercados donde expenden alimentos para poner en el altar para recibir a los espíritus de los difuntos, como arvejas secas tostadas para prepara la tradicional comida de Todo Santos, pasank’allas (maíz tostado) de colores para adornar los altares, caña de azúcar para colgar los panes, cebollas con tallos gruesos, suspiros, frutas y golosinas.

Las calles donde la brisa helada se adueña la mayor parte del año, desde el pasado sábado se inundó a agradable sabor de pan recién horneado. De los hornos en cuyas puertas se pintaron con cal grande letreros, salían continuamente hombres y mujeres cargados de panes de Todo Santos.

LOS MERCADOS
DE TODO SANTOS

Desde la Ceja hasta inmediaciones de la plaza Juana Azurduy de Padilla de Villa Dolores, se convirtió en un espacio de un extenso mercado donde las vendedoras comenzaron a vender todos los ingredientes para preparar desde el pan hasta las comidas tradicionales para los ajayus de los difuntos.

Sin embargo, los puestos de venta de pasankallas de colores ganaron el mayor espacio en distintas arterías como la Av. Antofagasta. Los anaqueles de galletas de la época y los tradicionales biscochuelos también tuvieron sus tarimas.

En los tambos, las frutas más adquiridas fueron los plátanos, piñas, manzanas y naranjas, los cuales también se ponen en los altares que se arman al interior de las viviendas desde hoy a mediodía para recogerlo mañana a la misma hora.

En las paredes de las casas que están en inmediaciones de la plaza Juana Azurduy de Padilla, se apostaron los vendedores de las cañas traídas desde Alto Beni, los cuales formaron una especie de pequeño bosquecillo por sus hojas largas y verdes. La caña pequeña y delgada se vendió a 10 bolivianos la unidad, en cambio las gruesas y largas alcanzaron hasta 15 y 20 bolivianos.

Sin embargo, no sólo funcione la Ceja como mercado de los ingredientes y elementos de Todo Santos, sino también funcionaron en el Cruce a Villa Adela, la ex tranca de Río Seco y la ex tranca de Senkata.

Desde la ex tranca de Senkata, desde la pasada semana parten camiones repletos de panes y cañas de Azúcar, el mismo panorama se observo en la ex tranca de Río Seco y el cruce a Villa Adela.

HUELLAS DE HALLOWEEN
A excepción de Ciudad Satélite y Villa Adela, que marcan una diferencia con la mayor parte de las villas alteñas en lo que refiere a las costumbres y a la lucha social, en El Alto no se advirtió huellas de elementos del Halloween estadounidense. Hasta el año pasado, en la Ceja en algunos puestos de venta se observaron algunas calabazas de plástico, pero esas señales desaparecieron por completo.

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1 comment:

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